CUERPOS DIGITALES, TERRITORIOS EN DISPUTA: EL SALVADOR

Análisis feminista de las violencias digitales contra las defensoras de derechos humanos en El Salvador.

1. CONTEXTO POLÍTICO Y DE DEFENSA DE DERECHOS HUMANOS EN EL SALVADOR

El Salvador es un país con profundas desigualdades estructurales que se expresan en una convulsión social permanente. Pasó de sufrir dictaduras militares y un conflicto armado a vivir violencia social y control territorial a manos del crimen organizado. A partir de 1992, el país empezó a construir una incipiente institucionalidad democrática. No obstante, los poderes políticos y fácticos, siguiendo las recetas del capitalismo neoliberal, privatizaron lo poco que aún administraba el Estado, excepto —gracias a la organización gremial de estos sectores— la educación y la salud. El sistema político y económico que se construyó tras la guerra no dio respuestas a las demandas más sentidas de la población, favoreció a las élites locales y profundizó la desigualdad y la violencia.

En 2019 asumió la presidencia Nayib Bukele, del partido Nuevas Ideas, iniciando un proceso acelerado de concentración de poder en el Ejecutivo con el objetivo de ser un eficiente operador de las agendas globales tecno-capitalistas, ultraconservadoras y anti-derechos. El 9 de febrero de 2020, junto con el ministro de Defensa y el director de la Policía Nacional Civil, tomó la Asamblea Legislativa (AL). Este golpe de Estado de facto marcó un punto de inflexión en el declive de la frágil institucionalidad democrática del país.

Actualmente, El Salvador apuesta por la implementación de políticas represivas incompatibles con los derechos humanos, así como por la instalación de sedes de grandes corporaciones digitales como Google y el desplazamiento de comunidades en beneficio de megaproyectos extractivistas. Unido a ello, se desmantelan las ya de por sí insuficientes políticas sociales existentes y se intenta silenciar y debilitar el tejido social y comunitario.

La innovación y la agenda digital se presentan como las insignias de un modelo que, en nombre de la “modernización” y el “desarrollo”, no tiene otro objetivo que beneficiar a empresas extranjeras millonarias, por ejemplo, con la exención de impuestos. Además, se han impulsado algunos cambios legislativos que allanan el camino para la privatización de bienes comunes y el despojo a comunidades en beneficio de inversiones extranjeras: la Ley general de minería metálica, la ley de disolución del Fondo Ambiental de El Salvador (FONAES) o la Ley general de aguas, que facilita las licencias a empresas inmobiliaria para proyectos habitacionales en zonas donde existen reservas de agua. Actualmente, grandes proyectos inmobiliarios, de infraestructura o de desarrollo turístico aprobados sin procesos de consulta, están provocando el desplazamiento de comunidades en todo el territorio nacional. En aras de promover el turismo por medio del proyecto Surf City, la costa del país se ha gentrificado y los inversionistas explotan para su beneficio privado los escasos bienes naturales.

Entre los aliados claves del Ejecutivo se encuentran sectores ultraconservadores con el respaldo financiero y logístico de lobbies transnacionales de extrema derecha. Los intereses económicos de estos sectores se entrelazan con narrativas anti-feministas y anti-derechos que son replicadas por actores gubernamentales.

La implementación de políticas autoritarias de mano dura, en particular la prolongación reiterada del régimen de excepción impuesto desde marzo de 2022, han facilitado el acelerado avance del modelo tecno-capitalista. Mientras se ocultan las cifras de femicidios, personas desaparecidas y fosas clandestinas, la política de seguridad se ha utilizado como elemento propagandístico para popularizar el “éxito” del gobierno.

Lejos de atender las causas estructurales de la violencia, el régimen de excepción ha facilitado la militarización y el control territorial, sobrepoblando las cárceles bajo procedimientos legales opacos y arbitrarios. Información publicada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos indica que a fecha de marzo de 2026 más de 91 mil personas habían sido detenidas desde el inicio del régimen de excepción y se habrían registrado al menos 500 muertes bajo custodia estatal en el mismo periodo. Por otro lado, con base en datos del informe “Tres años del régimen de excepción: tortura sistemática en las cárceles de El Salvador”, entre el 27 de marzo y el 28 de febrero de 2025 se dieron hechos violatorios a los derechos humanos en contra de 6,889 personas: detenciones arbitrarias, faltas al debido proceso, allanamientos de morada, tratos crueles, inhumanos o degradantes y torturas, desapariciones forzadas, desplazamientos forzados, abusos sexuales, actos de discriminación por orientación y/o identidad sexual, detenciones de mujeres embarazadas, limitaciones al acceso a la salud y muertes bajo custodia, entre otros. Las instituciones, como operadores de poderes fácticos trasnacionales y ultraconservadores, buscan silenciar al periodismo crítico y a las organizaciones que defienden derechos humanos, especialmente las que cuestionan el régimen de excepción y los proyectos extractivistas. Así, a periodistas y organizaciones y personas defensoras de derechos humanos se las acusa públicamente de apoyar a pandillas o de ser terroristas o “enemigos de la patria”. La aprobación en 2025 de la Ley de Agentes Extranjeros ha sobrecargado a las organizaciones sociales y no gubernamentales con controles fiscales y administrativos injustificados, limitando su acceso a recursos financieros, mientras se amplían las facultades gubernamentales para vigilar, sancionar y restringir el derecho de la población a organizarse.

En este contexto, los movimientos sociales que protestan contra proyectos de despojo —públicos o privados— enfrentan militarización, desplazamientos forzados y criminalización de sus liderazgos a través de delitos fabricados, todo ello sin garantías de debido proceso. La comunidad de Santa Marta, por ejemplo, en su batalla contra la minería metálica, está sitiada por el ejército y cinco de sus líderes, integrantes de la Asociación para el Desarrollo Económico Social (ADES Santa Marta), fueron detenidos arbitrariamente, sujetos a un proceso penal injusto e ilegal y criminalizados durante 21 meses. Entre mayo y diciembre 2025, Alejandro Henríquez, abogado y defensor ambientalista, y José Ángel Pérez, líder comunitario y presidente de la Cooperativa El Bosque, fueron criminalizados por su la lucha en contra del desalojo de 300 familias de El Triunfo, Santa Tecla y en represalia por su legítimo ejercicio de la protesta.

A través de nuestro sistema de Registro, entre 2020 y 2025 hemos documentado un total de 3,560 agresiones contra 284 defensoras y 83 organizaciones que defienden derechos humanos en El Salvador.

Durante 2025 evidenciamos un incremento en las agresiones, así como la aparición de nuevas formas de violencia especialmente graves, entre ellas la confiscación de bienes y propiedades, la expulsión de las defensoras de sus comunidades o de los lugares donde desarrollan su labor, los desalojos, el desplazamiento forzado interno y externo, las detenciones arbitrarias y el inicio de procesos judiciales infundados. Un ejemplo de ello es la criminalización de Ruth López, defensora de derechos humanos y directora de la unidad de anticorrupción y justicia de la organización Cristosal. El propósito principal del conjunto de estas agresiones es mandar mensajes ejemplarizantes para propagar el miedo, silenciar a los movimientos sociales y desarticular el tejido social.

3. ¿CÓMO SE RELACIONAN LAS DEFENSORAS SALVADOREÑAS CON LAS TECNOLOGÍAS?

Las defensoras de derechos humanos salvadoreñas encuestadas reconocen que la tecnología y las redes sociales son territorios que están siendo utilizados para vigilarlas y desprestigiarlas. Plataformas como X han sido utilizadas no sólo para difundir las decisiones y narrativas oficiales, sino también para la difusión masiva y coordinada de mensajes con discursos de odio y desinformación.

Ante esto, han fortalecido su uso, apropiación y activismo en redes sociales para disputar el territorio digital. Desde 2019 abundan los esfuerzos para la construcción de un movimiento articulado, tanto en las redes sociales como en las calles, capaz de movilizar la agenda política e influir en las narrativas y el imaginario colectivo.

El aumento en el uso de las tecnologías y las redes sociales ha propiciado que el movimiento feminista joven tome fuerza, visibilizándose cada vez más, por ejemplo, durante la sindemia por covid-19. Este movimiento orgánico, feminista e independiente, convocó a manifestarse virtualmente para pronunciarse contra las políticas y los mecanismos de atención a la emergencia por la sindemia; visibilizando cómo decisiones marcadas por la ausencia de una perspectiva diferenciada de género provocaron situaciones críticas para las poblaciones más vulnerables. Durante la cuarentena, y en respuesta a la afirmación del gobierno de que "las mujeres están 61% más seguras en este gobierno de lo que estaban en el gobierno anterior", ciber-activistas se movilizaron para desmentirla. Hasta hoy, continúa la negativa des funcionarios e instituciones públicas a nombrar como femicidios las muertes violentas de mujeres.

La presencia de las feministas salvadoreñas en la red social X ha aumentado visiblemente y ha ido más allá de lo virtual, alcanzando el espacio público con protestas contra los femicidios y la aparición de fosas clandestinas, como la de Chalchuapa. Con ello, ponen de manifiesto su fuerza, incorporando recursos como la expresión artística en sus manifestaciones públicas. Por ejemplo, el performance “Maldición”, de la colectiva Amorales, realizado en el Monumento Alegórico a la Constitución y cuyas palabras causaron revuelo en las redes sociales, hace patente cómo el activismo de estas defensoras integra el territorio físico y el digital.

Sin embargo, al analizar los testimonios recogidos, se hace evidente la gran brecha existente, respecto al uso de las plataformas, entre las defensoras salvadoreñas y el poder gubernamental. Algunas de ellas encaran esto como un reto; otras, por ser conscientes de la misma, se niegan a identificarse como ciberactivistas.

Como señala un testimonio:

“Necesitamos salir de la apatía hacia el uso de las plataformas tecnológicas”.

Al respecto, otra compañera afirma:

“Todo el aparataje del Estado tiene acceso a estos recursos tecnológicos. Nos pone en una condición demasiado vulnerable, ellos pueden saber todo de nosotras y nosotras nada de ellos”.

En el conjunto de testimonios subyace una mirada estratégica sobre el uso de las tecnologías digitales. Todas las entrevistadas reconocen que es fundamental utilizar las plataformas, pero también existe una consciencia, a partir de su experiencia, de que su uso las puede exponer y vulnerar. Las defensoras entrevistadas indican que han reflexionado sobre qué deciden publicar o no en sus redes y plataformas; y que son conscientes de la diferencia entre lo privado —contenidos, contactos y plataformas— y lo público, definiendo ambas esferas con cuidado y siempre a sabiendas de las complicaciones de sus decisiones. Asimismo, reconocen el riesgo que implica que su privacidad e información personal no dependan exclusivamente de ellas mismas, ya que terceras personas pueden tener acceso a las mismas y publicar datos personales sin su consentimiento.

4. VIOLENCIA DIGITAL CONTRA DEFENSORAS DE DERECHOS HUMANOS EN EL SALVADOR

De acuerdo con nuestro registro de agresiones, entre 2020 y 2025 en El Salvador registramos 2,241 agresiones contra defensoras de derechos humanos a través de medios digitales, lo que representa 63% del total de agresiones documentadas durante el mismo período en este país. 

La mayoría de las defensoras que participaron en la investigación señalan que han sufrido violencia digital de forma sistemática en el marco de su activismo. Asimismo, consideran que las agresiones digitales se han incrementado en los últimos años. Esto percepción coincide con nuestro registro: el total de agresiones por medios digitales documentadas en 2025 es 135% superior al de 2024. 

Las defensoras encuestadas admiten que se sienten vulnerables a ataques al usar las TIC para realizar su trabajo como defensoras. Entre los principales motivos de esta vulnerabilidad destacan, según ellas: la inseguridad que genera el distinto nivel de conocimiento de las tecnologías, el riesgo digital al que las expone su activismo, el hecho de que consideran la seguridad digital como algo complicado y su percepción de que los ataques digitales van en aumento. Estos sentimientos de vulnerabilidad presentan una dimensión personal —la duda con respecto a los propios conocimientos acerca de las tecnologías y la seguridad— y el reconocimiento de un contexto donde su activismo las expone a ataques.

LA DIMENSIÓN DE GÉNERO DE LA VIOLENCIA DIGITAL

De manera transversal, los testimonios dan cuenta de que la violencia facilitada por las tecnologías digitales tiene un componente fundamental de género, vinculado a una importante agenda antifeminista muy activa a nivel político nacional, regional e internacional.

Esto coincide con los datos de nuestro registro de agresiones, donde documentamos que 86% de las agresiones digitales en El Salvador entre 2020 y 2025 incluyen violentos mensajes que intentan reforzar el orden patriarcal basado en género.

Estos componentes de género se expresan, por ejemplo, ridiculizando la orientación sexual, identidad de género o apariencia física de las defensoras; exigiéndoles volver a sus casas para cocinar a sus maridos; o cuestionando el derecho a la participación política de las mujeres: "dejar votar a las mujeres es un error". Las agresiones también se expresan a través de la negación de los derechos de las disidencias sexo-genéricas. Por ejemplo, una defensora entrevistada expresó que cuando publicó su cambio de nombre y género comenzó a sufrir agresiones digitales que incluían amenazas hacia sus hijas y su familia.

En esta línea, el informe de la Mesa por el Derecho a Defender Derechos (2024) sobre ataques a periodistas entre octubre de 2023 y el 10 de enero de 2024 reveló que las mujeres periodistas sufrieron 655 ataques digitales con un importante y notorio componente de violencia sexual, misoginia y lesbofobia. El 17.5% del total de comentarios contra mujeres periodistas entra en la tipología de violencia sexual. Un hallazgo relevante es que 7% de los insultos dirigidos hacia periodistas varones son expresiones de contenido transfóbico, homofóbico y misógino, refiriéndose a ellos con el pronombre ella o con insultos específicos para mujeres, como perra. En ese sentido, observamos un fuerte componente de violencia basada en el género, incluso cuando los insultos se dirigen a varones.

5. ¿QUÉ AGRESIONES ENFRENTAN LAS DEFENSORAS SALVADOREÑAS EN EL ÁMBITO DIGITAL?

Las defensoras que participaron en esta investigación no siempre conocen las categorizaciones técnicas de las agresiones digitales, ya que estás son complejas y cambiantes. En la encuesta realizada, se identifican cuatro tipos de agresiones digitales como los más comunes:

  1. La vigilancia y el rastreo digital de su celular, computadora o redes sociales.

  2. La suplantación, usurpación y robo de su identidad electrónica; es decir, cuando se hacen pasar por ellas en correo, redes sociales, celular, cuenta bancaria, etcétera.

  3. El acceso no autorizado (hackeo) a sus cuentas personales o de trabajo.

  4. El ciberacoso u hostigamiento digital, que se puede expresar como difamación en línea, difusión de información falsa o privada contra ellas o personas cercanas, mensajes de acoso, ridiculización, amenazas, etcétera.

Por otro lado, al analizar la información proporcionada por los testimonios identificamos las siguientes expresiones de violencia digital:

  • Desinformación. Este fue el ataque más nombrado por las entrevistadas, lo que no es de extrañar, ya que desde hace años existen investigaciones y reportajes nacionales e internacionales que muestran cómo la utiliza el gobierno. Una investigación realizada por la agencia Reuters advertía sobre la construcción de un gigante de las comunicaciones con trolls pagados que ponen en peligro a periodistas y a personas opositoras. La principal característica de este tipo de ataque es la manipulación de la información para la denostación y el descrédito de la defensora y las organizaciones a las que pertenece. Se materializa publicando información falsa, como fotos trucadas, o fuera de contexto, como videos con información parcial, para cimentar acusaciones falsas. Esta estrategia busca polarizar la opinión pública, reviviendo las fracturas sociales históricas del país: los buenos, partidarios del gobierno y sus aliados; y los malos, personas y organizaciones que se oponen a los buenos.

    Las primeras que enfrentaron ataques en redes sociales fueron periodistas. Documentamos ataques constantes, cargados de insultos, expresiones de odio y amenazas de violencia sexual desde cuentas afines al ejecutivo como forma de represalia a publicaciones críticas a la gestión gubernamental.

  • Acoso.  Este tipo de violencia se ejerce a través de conductas repetitivas e indeseables dirigidas hacia las defensoras para causarles temor, angustia, intimidación o perturbación emocional. La estrategia más común es la denuncia masiva de sus cuentas de redes sociales para dar de baja sus publicaciones, bloquear su perfil e, incluso, provocar que lo pierdan. También están los ciber-bombardeos que inundan sus correos electrónicos, generándoles confusión, miedo y frustración; así como la creación de hashtags para fomentar el acoso masivo.

    Una académica fue señalada por un asesor de seguridad del gobierno, de manejar un troll center desde el cual se organizaban ataques contra el presidente y sus funcionarios. Asimismo, algunas abogadas que se han destacado por sus opiniones críticas en esa red social fueron atacadas por bots desde cuentas afines al gobierno y algunos funcionarios públicos.

  • Amenazas a la integridad de las defensoras y su círculo cercano. Estos ataques suelen proceder de cuentas anónimas que les advierten que corren peligro si continúan realizando su trabajo. En los últimos años hemos documentado amenazas —directas e indirectas— de muerte y de violación sexual dirigidas tanto hacia las defensoras como a sus familias. Estas amenazas ejemplifican el límite difuso entre “lo físico” y “lo digital” ya que, debido al contexto de impunidad reinante en el país, se percibe como una realidad que podría concretarse en cualquier momento y, en ocasiones, van acompañadas de indicios de vigilancia presencial a través de expresiones como “yo sé dónde vive”, el envío de nombres o fotos de sus seres queridos o situaciones inusuales como “hurtos” o presencia inusual de patrullas de la PNC cerca de sus viviendas. 

    En marzo del 2022, los grupos de WhatsApp de activistas feministas fueron hackeados e intervenidos y recibieron violentos mensajes con amenazas de muerte, violencia sexual, asaltos a sus viviendas y centros de reunión. Tras la denuncia sólo imperó el silencio.

  • Vigilancia ilegal electrónica. Ésta es una de las principales preocupaciones de las defensoras, ya que se ha comprobado que periodistas y personas opositoras, o percibidas como tales, han sido víctimas de ciber-espionaje por parte del gobierno a través del software Pegasus. Un testimonio, tras comprobar el uso del programa Pegasus en su teléfono celular, expresó: “Encendieron mi cámara y micrófonos, accedieron a mis fotos, contactos, etcétera. ¡Me sentí tan vulnerada!”. Una entrevistada que recibió un hackeo, al parecer, producido a través de phishing, denunció la vulneración de su información y la de su organización. Esta situación conllevó la difusión de mensajes en contra de su colectiva; en su testimonio expone: “Estas personas que hicieron estos ataques sabían quiénes éramos nosotras. He sentido mucho miedo de que en algún momento puedan utilizar toda esa información que vieron ahí y que básicamente la están guardando para otro momento”.

    En noviembre de 2021 se expuso públicamente que periodistas e integrantes de organizaciones recibieron una alerta, por parte de la empresa Apple, en la que se les advertía que estaban siendo sujetos de vigilancia selectiva por parte de “atacantes patrocinados por un Estado”. El análisis hecho por Amnistía Internacional y Citizen Lab confirmó que, en efecto, cada dispositivo estaba infectado con el programa espía Pegasus de NSO Group.

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